Ser mi propia religión.
Ser mi propia religión no es mala idea; dedicar un día completo a la semana solo para mí, acompañar mis festejos con vino, cantar ante lo bueno y lo malo, leer fábulas e historias ajenas para entender la vida y amarme por sobre todas las cosas, para que al final niegue mi propia fe si alguien me invita a pecar.
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