¡Qué aburrida sería la vida sin finales!
Lo digo en serio, qué triste sería que cualquier cosa alcanzara la perpetuidad por sobre todas las cosas, excluirla de esa parte del declive, como una montaña rusa sin bajadas emocionantes y finales donde la adrenalina dispara todas las emociones.
Sin finales no hay aprendizaje, ni catársis, ni avance; incluso la vida siendo tan fundamental se acaba, se replica y continúa pero no se queda para siempre.
Y todos lo sabemos de antemano, todo por servir se acaba -diría mi abuela- pero nadie sabe manejar esto, por eso los cuentos acaban con un "final feliz", ese momento de leyenda donde todo se resuelve para bien, los astros se alinean y la vida es inmejorable. Y se acaba. Porque no sabemos terminar.
¿Y cuándo puso en práctica Caperucita el no confiar en desconocidos? ¿Cuándo descubrieron las princesas que el primer amor es, precisamente, solo el primero? ¿Cuándo demostramos los humanos que levantarse es el paso inmediato después de la caída?
Necesitamos terminarlo todo, y cuando ya no haya más finales, podremos sentarnos a esperar el gran final, ese donde cerramos los ojos y nos vamos a la eternidad a recordar todas esas historias con sus increíbles desenlaces, con sus cierres, con sus aprendizajes...
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