Cuando saliste de mi vida dejé de dar explicaciones. Solo a ti te las daba. Solo tú me las pedías.
Y aunque no te importaban, era una rutina.
Explicarte el por qué de mi sonrisa cuando te tocabas el pelo o por qué siempre llegaba yo primero a nuestras citas.
Siempre respondías con esa mirada a la que yo le puse mi propia definición, errónea, pero mía.
El día que te fuiste ya no di más explicaciones.
Porque ya no había nada que explicar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comenta, es gratis.